El Abuelo y yo

En la orilla del desierto, Jaguar Negro y el Abuelo Pancho Barnett levantan sus rezos frente a una presencia inesperada. Una crónica sobre ícaros, protección y Ayahuasca.

CRÓNICAS DEL JAGUAR NEGRO

9/24/20261 min read

En aquel lugar recóndito, en la orilla del desierto, en donde termina la cruda realidad, tengo otra familia mágica. Mis hermanas y hermanos los Seris.

Aquel día hacía mucho calor. Como todos los días.

El Abuelo Pancho Barnett y su familia nos recibieron en su casa. Como siempre que vamos nos recibieron con sonrisas curtidas, manos aplaudiendo y bendiciones en su antiguo idioma.

Mientras se organizaban a los asistentes para atravezar el brazo de mar rumbo a la isla y montaña sagrada, donde esa noche tendríamos encuentro con la Ayahuasaca, calentándola un poco para vertirla en varios recipientes.

En la apretada habitación, vieja como el tiempo y poderosa como el Sol, fuimos repentinamente visitados por varios espíritus. Empistolados, agresivos, tratando de disuadirnos, de increparnos, de ahuyentarnos.

El Abuelo me vio de reojo y entendí que debía levantar mi bastón y asistirlo en el combate. Comenzó a entonar sus rezos de protección mientras giraba sus huesudas manos en el aire. Su poderosa voz hacía retroceder a los espíritus sicarios, pero éstos insistían. Cuando terminaba su rezo, yo lo sustituía con el mío. Desde mi valiente corazón y mi trémula mente, varios icaros levanté para apoyar el esfuerzo. La esposa de Don Pancho sonreía viendo la batalla y yo seguía moviendo la Ayahuasca tibia, rodeada de gatos que bufaban y se erizaban.

Los esfuerzos rindieron frutos. Sus metralletas y pistolas no podían disparar. Poco a poco se dieron cuenta que no podían hacernos daño. Se dieron cuenta de su necedad y comenzaron a disolverse. El Abuelo los mandaba dormir al más allá y yo intentaba quedarme en el más acá.