Oráculo de los Guiñoles Poseídos

Una crítica a la espiritualidad de apariencia, la erudición prestada y quienes confunden cercanía con conocimiento, repetición con aprendizaje y gesto con oficio.

LA ESPADA ONTOLÓGICA

Jaguar Negro

9/19/20263 min read

La plaza vuelve a llenarse. Llegan pacientes que buscan alivio. También se presentan algunos ausentes y uno que otro disidente. Ha llegado el ventrílocuo a la ciudad con su carnaval de sanación y remedios, un carrusel de cura y liberación para quienes se atreven a mirar su reflejo en el salón de los espejos, en la casa del terror, en el viejo freak show del alma humana. El tinglado del mago se levanta en la plaza. Viene de muy lejos para transformar desgracia en risa. La carpa asciende, el telón se abre y la función comienza.

La terapia contra el dolor tiene su mecanismo. Varios dummies representan el miedo, la vergüenza y el amor. Son instrumentos del mago para ejecutar su truco y liberar el corazón. Su mente conoce la misión. Estratega del desprendimiento, envía el mensaje hacia el interior mientras el setting se dispone para recibir al espectador. El ventrílocuo piensa. El guiñol gesticula. La inteligencia permanece oculta en el brazo que anima la pantomima de la desintoxicación. El mago desata nudos antiguos, pronuncia fórmulas aprendidas en sus remotos viajes y, después del arte, la función concluye. Los pacientes abandonan la carpa con mejoría en la mirada.

La espiritualidad contemporánea ofrece espectáculo. Algunos poseen conciencia. Otros venden error. Existe un hecho inquietante que sucede en la madrugada, cuando el ventrílocuo abandona el escenario y confía el silencio de la noche a la madera dormida. Entonces ocurre, algunas veces, una escena de horror.

El guiñol se levanta.

Lenguas rápidas, gestos displicentes y discursos derramados con cinismo ignorante anuncian el comienzo de una función distinta. El oído atento reconoce pronto el mecanismo del tiovivo. Algunos espectadores, seducidos por la apariencia, celebran al muñeco y atribuyen inteligencia a la figura groseramente pintada. La boca espasmódica continúa su movimiento mientras las frases desfilan por el aire: conceptos repetidos con devoción mecánica, estertores de erudición prestada, doctrinas que pasan de boca en boca y se oxidan como monedas gastadas. El muñeco aprende el gesto. La mandíbula se abre. La mandíbula se cierra. La voz parece convincente durante un instante. Después aparece el vacío.

El pobre merolico celebra su propia resonancia. La repetición se convierte en hábito y la identidad se desgasta. Ha escuchado durante tanto tiempo la voz que movía su mandíbula que termina creyéndola propia. Confunde cercanía con conocimiento, repetición con aprendizaje y gesticulación con oficio. En su delirio convoca a los reunidos y levanta un juicio contra el ventrílocuo con mentiras afiladas. El guiñol disfruta su espectáculo y la multitud aún enferma aplaude la ocurrencia.

Los agricultores del silencio observan otra cosa. La palabra nacida del espíritu posee gravedad. La palabra hurtada suena hueca incluso cuando grita. La conciencia contempla la escena desde una altura antigua: el ventrílocuo duerme mientras el guiñol gesticula en la madrugada. En la plaza del mundo se multiplican los muñecos que hablan con extraordinaria elocuencia mientras esconden una envidia profunda en su madera hueca.

Entonces el silencio revela la escena final.

Amanece en el circo del amor. Algunos fueron atendidos por el mago. Otros quedaron atrapados por el títere y sus hilos de obsesión. El nuevo día trae otra misión. El mago recoge la carpa y camina hacia el horizonte que lo llama sin descanso. Toma sus muñecos. Ignora cuál de ellos guarda una traición. El tiempo revelará el desenlace.

Aunque existe un secreto que pocos sospechan.

El mago siempre conoce a sus muñecos.

Amor propio es Ley.
Amor, oro y miel.

Jaguar Negro