El sueño lúcido
Entre zombis, jaguares y cielos imposibles, Jaguar Negro comparte Ayahuasca en sus sueños lúcidos. Una crónica de encuentros, música y aventuras en el ensueño.
CRÓNICAS DEL JAGUAR NEGRO
Jaguar Negro
10/11/20263 min read


A veces doy Ayahuasca en mis sueños lúcidos (aunque ahora se ha vuelto más recurrente que de costumbre: ya ni en sueños descanso).
Intento inútilmente encontrar algo de originalidad en Netflix hasta que me precipito en el vértigo del angustioso sopor de los sueños mediocres. Justo ahí es cuando aprieto los párpados y hago un esfuerzo, como liberando una codependiente flatulencia, para entrar en la lucidez del ensueño.
Muy pronto se me olvida el horrible cuerpo que dejé inerte en la cama, pues tengo que pensar rápido la forma de escapar de la marcha de los zombies que se acerca presurosa a lastimarme.
A veces no son zombies, sino policías de ceño fruncido. A veces me persigue una turba de animales salvajes; o una legión de demonios; o un tropel enajenado de guerreros tlaxcaltecas (cuyo reino no existió ni existirá); una invasión extraterrestre; o la inundación diluviana.
Estas peculiares persecuciones son el preludio de una experiencia de Ayahuasca en mi sueño. Mientras escapo entre los escaparates de algún centro comercial recurrente, voy encontrándome personajes conocidos que me acompañan en la huida. Tal parece que los centinelas del ensueño no les agrada nuestra intención de ejercer nuestro libre albedrío.
Cumplido el requisito, los escenarios se relajan, se manifiestan salones enormes, cielos estrellados sostenidos por delgadas columnas.
Espacios dispuestos para encontrarnos en torno a la Ayahuasca. Siempre de noche. Busco un sitio ideal para establecer el círculo de poder, los jaguares van y vienen en sus formas humanas o nagualizados. Se acomodan los instrumentos, comenzamos a recibir los asistentes. Algunos llegan con varias maletas, con collares pesados y sonrisas cordiales. Otros apenas llegan arrastrando sus huesos, saludando con débiles quejidos.
Muchos han tomado Ayahuasca con nosotros en el ensueño, aunque no nos conozcamos en el mundo tangible. Nos saludamos y nos reconocemos con sonrisas amorosas y ojos milenarios. A veces son 4 o 5, a veces son cientos.
La ayahuasquita brota de una botella de cuarzo transparente que traigo en mi caparazón de tortuga. Los soñadores la reciben con sus manos y la beben con mucho gusto (en el sueño la ayahuasquita sabe rico, como a chocolate blanco). Quienes no tienen manos, se las sirvo en la boca. No se discrimina a nadie.
Cuando el icaro comienza, todos escuchan atentos, al cabo de un rato todos corean la melodía y se mueven suavemente al compás de la música que nos eleva cada vez más, el ambiente gira entre virutas de copal y nos entregamos a la mareación.
Los efectos son rápidos en el ensueño. Los asistentes eructan pompas de jabón que se elevan hasta el mandala que nos observa con sus ojos curiosos.
Hay quienes se acercan para que les proyecte mapacho. Quedan vibrando un buen rato y se van a sus lugares mareadísimos.
Me levanto, también mareado. Recorro el sitio repartiendo ayahuasquita. Me toman las manos. Me piden que me quede, que no me vaya. Los consuelo, los animo, los limpio. Me quedo a cantarles un icarito en sus oídos. Sé que lo que sanan en el ensueño lo sanan también en el mundo físico. Vale el esfuerzo.
Los tambores resuenan en un sopor rítmico que invita a la danza. Todas y todos bailan sacudiendo sus ropas que eligieron para el encuentro. Se revuelve un giro vertiginoso, centrífugo, que concentra la energía del Amor y libera los miedos. Todo es un movimiento cordial, con armónicos que expanden la consciencia plena, hasta alcanzar la lattice y sus maravillosos mensajes. Todos son tocados por el orden implicado. Acá en el ensueño no hay fatiga, ni resistencia.
No se toman fotos. Todavía no sé cómo. Me gustaría conservar un álbum de los encuentros en el ensueño. Muchos de ustedes se reconocerían. Destruídos pero felices.
Paulatinamente los asistentes se disuelven. Dejando ecos de sus risas y emociones. Sé que están cambiando de sueños o despertando en sus habitaciones.
También los Jaguares guardamos nuestras cosas, dejamos todo limpio, nos abrazamos y reímos.
Yo tengo que regresar a la vigilia,
lo hago con cuidado,
caminando quedito
para no alertar a los zombies
y su necesidad de alcanzarme.
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