El cuerpo sabe antes que la mente
En la oscuridad de los encuentros con Ayahuasca, las manos danzan y regresan al cuerpo para cuidarlo. Aya Mudras y Aya Reiki: un acto íntimo de amor propio.
LA COPA DEÓNTICA
Jaguar Negro
10/11/202611 min read


Aya Mudras y Aya Reiki: el amor propio en la experiencia enteógena
Existe un lenguaje de las manos que antecede a la palabra y cuya manifestación adquiere una profundidad extraordinaria durante los encuentros con Ayahuasca. Bajo el sopor de la Abuela, cuando la conciencia ordinaria comienza a ceder ante la experiencia espiritual, el cuerpo emprende movimientos que no han sido deliberados por la voluntad. Los dedos se entrelazan, las muñecas giran, los brazos describen trayectorias sinuosas y las manos adoptan posiciones geométricas de singular complejidad. El participante permanece generalmente con los ojos cerrados, sumergido en una intimidad que apenas comparte con quienes lo rodean. La experiencia transcurre discretamente, sin espectadores deliberados ni intención de exhibirse. En la oscuridad del encuentro, mientras cada persona atraviesa su propio universo interior, estas manifestaciones pasan prácticamente inadvertidas para los demás.
Desde nuestra posición al frente de los encuentros hemos observado durante años esta peculiar expresión corporal y participado de una comunicación que se establece mediante el movimiento de manos y dedos. Se trata de un diálogo sutil, desprovisto de palabras, en el que las formas parecen encontrarse, responderse y reconocerse dentro del espacio compartido. Las manos dibujan geometrías semejantes a los kenés amazónicos, entrelazando líneas imaginarias, abriendo círculos, proyectando espirales y recorriendo las tramas invisibles que el participante experimenta como parte de su entorno energético. Hemos reconocido en estos movimientos un lenguaje que adquiere sentido dentro del encuentro mismo, una manifestación espontánea que hemos decidido llamar Aya Mudras.
La expresión comprende un fenómeno mucho más amplio que las posiciones de las manos tradicionalmente reconocidas como mudras. Durante la experiencia enteógena, el cuerpo desarrolla secuencias gestuales de una complejidad asombrosa, cuya ejecución parece responder a instrumentos, mecanismos y arquitecturas que solamente existen dentro del universo perceptivo del participante. Hay quienes se convierten en músicos de instrumentos invisibles, recorriendo teclados suspendidos en el aire o pulsando cuerdas cuya resonancia pertenece exclusivamente a su experiencia. Otros adoptan la expresión corporal de un DJ que mezcla sonidos de distintas frecuencias, operando consolas imaginarias mediante movimientos precisos de los dedos, como si cada uno controlara una dimensión diferente de la música. También hemos observado personas que manipulan aparatos de cientos de botones, accionan paneles, gobiernan mecanismos extraordinarios y conducen naves espaciales construidas por la propia conciencia enteógena. Sus manos trabajan con una familiaridad desconcertante, ajenas a cualquier preocupación por explicar la maquinaria que parecen conocer.
El repertorio gestual alcanza también expresiones animales. Los brazos se transforman en antenas que exploran el espacio, los dedos adquieren movimientos semejantes a las patas de los insectos y las manos ejecutan secuencias rápidas, voraces, delicadas o miméticas que recuerdan las conductas de innumerables criaturas. Aparecen movimientos serpentinos, extensiones que evocan alas, articulaciones que semejan extremidades diminutas y disposiciones corporales que participan de una animalidad sorprendentemente expresiva. Dentro del encuentro, el organismo desarrolla su propio repertorio simbólico y motor, mientras la conciencia vive relaciones que exceden la identidad humana ordinaria. Los Aya Mudras constituyen así una manifestación donde convergen geometría, música, naturaleza, imaginación y espiritualidad.
En determinadas ocasiones, las manos parecen mecer las telas de Indra. Se elevan suavemente, separan tramas invisibles, recorren superficies que solamente el participante percibe y vuelven a encontrarse mediante movimientos de exquisita delicadeza. La imagen de la red de Indra, utilizada en la filosofía budista para expresar la interdependencia de los fenómenos, adquiere aquí una singular correspondencia con la experiencia de comunión. Cada movimiento participa de una trama más extensa, como si la persona reconociera mediante sus manos la continuidad entre su propio ser y aquello que la rodea. Los rostros, entretanto, manifiestan una paz reverencial. No se trata de una serenidad ordinaria, sino de un recogimiento profundo en el que la expresión facial revela una disposición de asombro, entrega y armonía. La intensidad de estas experiencias contrasta con su absoluta discreción: quien se encuentra sentado a escasa distancia rara vez advierte la complejidad del universo que otro participante está recorriendo con sus dedos.
La comprensión espiritual de este fenómeno comienza en la relación entre el espíritu, el cuerpo y la mente. Durante el sopor ayahuasquero, el espíritu establece una comunicación profunda con la corporalidad aun cuando la conciencia racional persiste en sus mecanismos de resistencia. La mente procura conservar el control mediante la interpretación, la anticipación y el juicio; el espíritu, en comunión con el espíritu de las plantas, participa de una experiencia de unidad que encuentra expresión inmediata en el cuerpo. Esta distinción corresponde a nuestra comprensión espiritual del encuentro y manifiesta una diferencia entre la voluntad consciente y las disposiciones corporales que escapan a su gobierno inmediato. El individuo descubre que su existencia contiene formas de respuesta cuya complejidad no depende exclusivamente de aquello que consigue formular mediante el pensamiento.
Esta comunicación posee una dimensión singularmente afectiva. El encuentro con Ayahuasca confronta al individuo con sus vínculos, heridas, exigencias y contradicciones, pero también abre un espacio para reconocer la legitimidad de su propio sufrimiento. La atención habitualmente dirigida hacia las demandas del mundo comienza a regresar sobre quien la ejerce. El espíritu participa entonces de la autocompasión mediante un movimiento de Abstracción hacia el primer paciente: uno mismo. Esta orientación constituye uno de los actos más profundos del cuidado espiritual, pues exige reconocer en nuestra propia existencia la misma dignidad que atribuimos a quienes procuramos asistir, proteger o sanar. La persona deja de situarse exclusivamente como agente de sus responsabilidades y comienza a reconocerse como destinataria de su propia ternura.
La manifestación corporal de esta disposición comienza frecuentemente mediante movimientos de liberación. El cuerpo modifica su postura, abandona tensiones, expresa emociones contenidas y participa en una experiencia de desprendimiento de aquello que se ha vivido como una carga. El participante reconoce una necesidad de soltar, de permitir que su organismo encuentre un equilibrio distinto del que habitualmente le impone la vigilancia cotidiana. Dentro de la experiencia espiritual, esta liberación se comprende como un restablecimiento del flujo vital y una reconciliación con la propia naturaleza. El cuerpo responde a la unidad que el espíritu procura restaurar, mientras la mente, habituada a ejercer dominio sobre cada acontecimiento, aprende a conceder espacio a una forma de expresión que no ha organizado deliberadamente.
La semejanza con Shiva Nataraja, el Señor de la Danza, ofrece una correspondencia simbólica de notable profundidad. En su representación tradicional, Shiva sostiene el damaru, el tambor cuyo sonido expresa el principio de la creación, mientras una de sus manos realiza el abhaya mudra, gesto de protección y disipación del miedo. Su danza reúne creación, transformación, destrucción y equilibrio dentro de un mismo movimiento cósmico. La iconografía encierra una enseñanza particularmente pertinente para nuestra reflexión: la mano que participa del ritmo creador es también capaz de ofrecer amparo. Al contemplar los movimientos espontáneos de quienes atraviesan el sopor ayahuasquero, reconocemos una afinidad expresiva entre la danza, la música, el gesto sagrado y la serenidad. Esta correspondencia no requiere atribuir un origen histórico compartido a las tradiciones orientales y amazónicas. Su relevancia reside en la profundidad de una intuición humana que reconoce en el movimiento corporal una expresión de la relación entre la conciencia, la naturaleza y lo sagrado.
Los Aya Mudras participan de esta expresividad desde una circunstancia particular: no son ejecutados como consecuencia de una instrucción previa ni responden necesariamente al conocimiento formal de sus significados. Surgen durante la experiencia y adquieren sentido dentro de ella. Sus configuraciones recuerdan posiciones contemplativas, mudras religiosos, sellos simbólicos o gestos de imposición energética, pero también instrumentos musicales, mecanismos tecnológicos y movimientos animales. El fenómeno desborda cualquier catálogo tradicional porque consiste en expresar corporalmente un universo interior cuya organización posee una lógica propia. Hemos participado de intercambios gestuales en los que las manos parecen extender y recibir signos de armonía, desarrollar una comunicación silenciosa y acompañar el reconocimiento de otras presencias dentro de la experiencia espiritual. Los participantes describen conexiones con la naturaleza, con otros seres y con inteligencias que perciben como remotas o superiores. La geometría trazada en el aire adquiere así el carácter de una escritura sagrada, un kené energético que expresa correspondencias entre el organismo y la totalidad de la que forma parte.
No todos los cuerpos responden mediante esta fluidez. En determinadas circunstancias, los brazos y las manos permanecen contraídos, sujetos a una rigidez intensa que recuerda visualmente el rigor mortis. Frente a la libertad de la danza aparece una corporalidad que parece incapaz de ceder, con los dedos endurecidos y las extremidades detenidas en posiciones incómodas. Dentro de la interpretación espiritual, este contraste evoca las tensiones entre entrega y resistencia, entre apertura y control. La observación responsable exige, sin embargo, distinguir esa lectura simbólica de las posibles causas fisiológicas de una contracción involuntaria, que puede requerir atención inmediata. Ninguna manifestación corporal constituye por sí misma una prueba de bloqueo espiritual o de incapacidad para sanar. La compasión también consiste en respetar los límites del organismo y atender sus necesidades sin imponerle una imagen predeterminada de armonía.
La manifestación más conmovedora de este fenómeno ocurre cuando las manos abandonan la danza exterior y regresan lentamente hacia el cuerpo de quien las mueve. Después de permanecer elevadas, recorriendo el aire durante largos periodos, descienden sobre el pecho, la cabeza o el vientre. Comienza entonces una secuencia espontánea de imposición de manos cuya disposición recuerda las prácticas de Reiki y otras tradiciones de atención energética. Hemos llamado Aya Reiki a este acontecimiento íntimo en el que el participante se convierte en destinatario de su propio cuidado. La experiencia no requiere un aprendizaje formal de Reiki ni pretende constituir una modalidad clínica equivalente a sus escuelas. Su nombre describe la semejanza gestual y la disposición espiritual de una práctica de autocompasión que emerge espontáneamente durante el encuentro con Ayahuasca.
Estas sesiones llegan a prolongarse durante una hora. Desde el exterior observamos un proceso de profunda intimidad: las manos recorren distintas regiones corporales, permanecen sobre ellas, se retiran y regresan siguiendo una secuencia que el participante no ha recibido como instrucción. Los ojos continúan cerrados. La expresión de paz reverencial que acompañaba la danza se transforma, en ocasiones, en un rostro contraído por el dolor. Los músculos faciales revelan sufrimiento y esfuerzo, mientras las manos prosiguen su labor con una concentración extraordinaria. Hay quienes lloran profundamente, permitiendo que el llanto acompañe el contacto con su propio cuerpo; otros comienzan a cantar, pronunciando melodías espontáneas que adquieren el carácter de odas íntimas, cantos de reconocimiento, consuelo o liberación. La voz y las manos participan entonces de una misma expresión afectiva, como si el participante encontrara simultáneamente en el sonido y en el tacto los medios necesarios para acompañar su sufrimiento.
El llanto posee aquí una dignidad particular. Se trata de una expresión emocional que acontece mientras la persona permanece concentrada en su propia corporalidad, acompañando regiones del cuerpo a las que dirige espontáneamente su atención. Las lágrimas, los cantos y los movimientos se integran en una experiencia cuyo significado pertenece profundamente a quien la vive. El observador reconoce las expresiones de dolor, recogimiento y liberación, sin disponer necesariamente de acceso a los acontecimientos interiores que las producen. Al cabo de estas secuencias, los rostros recuperan frecuentemente una serenidad notable; el cuerpo afloja, la respiración encuentra otro ritmo y las manos descansan después de haber sostenido una actividad extraordinariamente prolongada. La interpretación espiritual reconoce en esta experiencia un proceso de armonización y autosanación, mientras su observación directa permite identificar un acontecimiento significativo de contacto corporal, expresión afectiva y alivio subjetivo.
Aquí se encuentra el verdadero centro de la experiencia. El Aya Reiki constituye un acto de amor propio. Su relevancia no depende de la espectacularidad de los movimientos anteriores ni de la identificación de una facultad extraordinaria. El mismo cuerpo que ha sostenido nuestras exigencias, soportado nuestros temores y acompañado silenciosamente nuestras pérdidas recibe ahora una atención profundamente compasiva, aunque su ejecución no haya sido organizada por el pensamiento consciente. Las manos, instrumentos habituales de trabajo, defensa, apropiación y servicio, abandonan momentáneamente sus obligaciones exteriores para ofrecer cuidado a la existencia de la que forman parte. Se produce una inversión ética fundamental: quien ha aprendido a extender sus brazos hacia los demás descubre en su propia corporalidad a un ser igualmente merecedor de asistencia.
La comparación con las tradiciones de imposición de manos permite reconocer la dimensión espiritual de este acontecimiento. En sistemas como el Reiki, la colocación de las palmas sobre determinadas regiones corporales forma parte de prácticas orientadas a la armonización y el bienestar. En otras tradiciones, la atención se organiza mediante los chakras, los meridianos o diversas representaciones del flujo vital. Cada sistema posee una historia, un lenguaje y una comprensión particular de la relación entre el cuerpo y las energías sutiles. Durante el encuentro con Ayahuasca, las manos se desplazan sin necesidad de reproducir conscientemente estas enseñanzas, mientras el participante interpreta su experiencia mediante sensaciones de circulación, concentración, apertura o liberación energética. Dentro de nuestra práctica espiritual, esta imposición expresa un movimiento de reconciliación que comienza en el organismo y alcanza la relación afectiva del individuo consigo mismo.
El fenómeno obliga a reconsiderar nuestra comprensión habitual del amor propio. La cultura contemporánea ha convertido esta expresión en una consigna frecuentemente subordinada a la autoestima, la aceptación estética y la afirmación de la identidad individual. Se invita a las personas a pensar favorablemente sobre sí mismas, reconocer sus cualidades y fortalecer la imagen que poseen de su propia existencia. Estas prácticas pueden resultar valiosas, pero permanecen incompletas mientras el reconocimiento intelectual no encuentre correspondencia con el trato que concedemos a nuestro cuerpo y a nuestra vida. Una persona puede proclamar su dignidad y continuar sometiéndose a formas permanentes de desprecio, agotamiento o abandono. También puede comprender racionalmente la necesidad de perdonarse y conservar una relación corporal dominada por la tensión. El amor propio exige superar esta contradicción mediante una disposición efectiva de cuidado.
La autocompasión representa una facultad más profunda que la simple aprobación de nuestras características personales. Consiste en reconocer el sufrimiento propio sin convertirlo en motivo de condena y responder a él mediante una actitud responsable de protección, comprensión y asistencia. En el orden espiritual, esta disposición encuentra una expresión particularmente significativa cuando la conciencia se abstrae de las exigencias exteriores y reconoce al primer paciente en uno mismo. El cuerpo recibe entonces una atención que habitualmente reservamos para los demás. Su dolor deja de ser interpretado exclusivamente como una molestia que debe dominarse, y su vulnerabilidad adquiere una legitimidad que anteriormente le había sido negada. El individuo comienza a relacionarse consigo mismo desde el cuidado y abandona, al menos durante ese acontecimiento, la hostilidad que frecuentemente ha confundido con disciplina o fortaleza.
La importancia de estas experiencias tampoco concluye con el descenso de las manos. La liberación vivida durante un encuentro requiere una continuidad que solamente puede encontrarse en la existencia ordinaria. El reconocimiento de nuestro cuerpo como destinatario de amor impone una responsabilidad sobre las decisiones mediante las cuales organizamos la vida. Alimentarnos, descansar, atender nuestra salud, reconocer nuestros límites, abandonar relaciones destructivas y disminuir las formas innecesarias de violencia contra nosotros mismos son expresiones concretas de aquella disposición compasiva. El encuentro abre una experiencia de reconciliación; la conciencia debe convertirla en conducta. El sentido deóntico del acontecimiento consiste precisamente en comprender que el amor propio adquiere su valor más profundo cuando modifica nuestros deberes hacia la propia existencia.
En la oscuridad del encuentro, entretanto, las manos continúan su labor. Unas recorren todavía las geometrías suspendidas en el aire; otras descansan sobre un pecho estremecido por el llanto. Se escucha una voz que canta suavemente, una melodía nacida en la intimidad de quien la pronuncia. Los dedos se detienen sobre el vientre, las palmas encuentran reposo y el rostro, después de haber atravesado el sufrimiento, recupera lentamente su expresión serena. Quienes están alrededor permanecen sumergidos en sus propias experiencias. Nadie interrumpe aquel recogimiento ni reclama una explicación de lo sucedido.
El participante conserva los ojos cerrados. Sus manos descansan ahora sobre su propio cuerpo, como quien finalmente ha encontrado un lugar digno de su ternura.
Jaguar Negro
Copa Deóntica VII · El Observatorio
Jaguar Negro
Compartimos Ayahuasca con responsabilidad, respeto a la tradición y experiencia
CONTACTO
contacto@jaguarnegro.net
+52 442 780 56 75
+1 602 518 21 11
© 2022 Jaguar Negro.Todos los derechos reservados
UNIVERSO JAGUAR NEGRO
